Tinder es sólo un casting

Carlos Sánchez Rangel

En menos de 15 minutos Carlos pasó de ignorar la existencia de Carolina a saber que ella estaba dispuesta a tener una cita con él. Conocía también otros detalles: que se encontraba a 4 kilómetros de distancia, que podía lucir un escote, que escuchaba a The Doors y, aparentemente, tenía 33 años.

Dudaba de esto último porque las fotografías, de una perfección y belleza decididamente sospechosas, eran incapaces de ocultar las arrugas que una mujer de 33 no suele tener alrededor de los ojos o en las comisuras de la boca.

Esa era, sin embargo, toda la información que había. Y era suficiente. Porque Tinder, la aplicación móvil para conocer personas en los alrededores, ostenta como principal característica su simplicidad, que consta en reducir todo a dos opciones: sí o no. Como Carlos y Carolina se habían dado un “sí”, podían chatear. No está muy claro lo que implica un sí en Tinder.

Con esa duda en la cabeza, Carlos hizo lo que consideró más inteligente: recurrió a sus amigas. A muchos kilómetros, Paola R. daba sus primeros pasos en esta app con buenos resultados. Navegaba entre los perfiles presionando el corazón verde o la cruz roja, según cada caso. Una semana con la aplicación había bastado para que entendiera la dinámica: ese sí implica que el chico le parece lindo o que tienen afinidades y tal vez podrían ser amigos, no que se quiere enamorar; tampoco que quiere tener sexo con él porque hasta que hablen cara a cara sabrá si hay conexión. 

En busca de un segundo diagnóstico, escribió a Laura Otero, quien usó la aplicación dos meses, sacó de ella lo que quería y después la borró, como toda una profesional. “El botón verde es una manera de dejar claro que quiero hablar con una persona y luego ver qué onda, no te precipites ni te preocupes: conócela y haz que ella quiera salir contigo”, recomendó.

Volvamos al ambiguo “sí” de Carolina, frente al que Carlos reflexionaba sobre el paso siguiente: cómo saludarla, cómo conseguir una cita. Estas preguntas, que parecerían sobrar en un el contexto de una aplicación para conocer y salir con gente, son un gran obstáculo en los hechos. 

Durante cuatro semanas Carlos inició conversaciones con más de una docena de mujeres en busca de una que estuviese dispuesta a ir por un trago, primero que nada. Utilizó distintas formas de acercamiento, todas ellas sin éxito. Desde el “Hola, soy Carlos y soy de México” hasta el “Morderte los labios te queda”, que recomendó una amiga. 

Nada había funcionado. Con algunas mujeres la conversación se agotaba pronto, otras no se atrevían a tener una cita con un extraño; ¿qué mierda hacen en Tinder, entonces? se preguntaba Carlos con desesperación. Algunas, como la víctima del “Morderte los labios…” -ésta con sobrada razón- ni siquiera habían contestado el saludo. 

Sin mucha esperanza, Carlos abrió la ventana del chat con Carolina. La imaginación no le dio para otro saludo más original: 

-Hola! -escribió sin el entusiasmo que implica un signo de admiración
-Buenas
-¿Cómo vas?
-Bien. Acá llegando a casa después de un día largo de trabajo.
-Ya somos dos. ¿En qué trabajas?
-Soy abogada. Tengo un sector a mi cargo. ¿Vos qué haces?
-Estudio un máster de periodismo, soy de México.
-Guauu. ¡Qué desafío! ¿Y por dónde paras?
-Si eso quiere decir que dónde vivo, es en Belgrano. ¿Tú?
-En Palermo. ¿Y por qué lugares solís salir o frecuentar?
-Aún no tengo mucha vida social acá, pero Belgrano y Palermo son mis zonas.

-Yo durante la semana trabajo por Microcentro y estoy mucho tiempo por ahí, pero los findex Palermo Soho o Barrio Norte. Me gusta mucho ir de bares o a comer.

Dos días después de la primera conversación, que terminó sin un “nos escribimos luego” o “buenas noches”, Carolina le confió su número de celular a Carlos. “Mejor por WhatsApp, esto [Tinder] ya no lo reviso mucho”, explicó.

Un miércoles, tras seis días de haberse “conocido”, con más arrojo que antes, Carlos disparó por WhatsApp, sin saludar: 

-¿Qué haces el viernes? Vamos a terminar la semana con un whisky.
-Hola!!! Que buena propuesta la tuya!! La mejor! Sí acepto. 

En ese momento Carlos se dio cuenta de que, como antes, no tenía muy claras las implicaciones de una cita vía Tinder. ¿Era una prueba? ¿Era una salida normal? ¿Terminar en la cama es condición sine qua non? ¿Cada quien paga lo suyo? Se acordó el lugar y la hora: un bar en Palermo Soho, en Buenos Aires, a las 23:00 del viernes. La confirmación de que todo seguía en pie llegó al móvil de Carlos al caer la noche del día indicado. 

-Ya voy camino a casa. Llego y me acomodo y me cambio. Tengo para 1 hora mínimo.
-Perfecto! -respondió Carlos
-Una cosita!!! -escribió Carolina. 

Carlos contempló la ventana del chat. Para él, con sus 25 años, salir con una mujer de 33 era ya algo, por lo que sintió aún más nervios ante el prospecto de aquella “cosita”. Muchas teorías, algunas bastante descabelladas, pasaron por su mente. La pantalla del móvil decía que ella seguía escribiendo. 

-Sorry, pero creo que hay algo que no te aclaré…

***

Tinder está por todos lados en Buenos Aires. Lo usa un chico para entretenerse durante su viaje en el colectivo; las amigas que salen a comer son severos juzgados para ese casting; los compañeros de trabajo evalúan minuciosamente a las mujeres que aparecen en la pantalla. Es muy fácil encontrar a alguien que utiliza la aplicación; y cómo no va a serlo: de acuerdo con cifras de la compañía, la Argentina ya suma más de 400 mil usuarios en lo que va de 2014. 

Laura era, hasta hace unos meses, parte de esa cifra. Había terminado una relación de seis años y sus amigas le dijeron que Tinder podría hacer todo más llevadero. Así fue. Como ella es muy atractiva las propuestas no escasearon. En el curso de dos meses salió con cinco chicos; “pero pude haber salido con más, si hubiese querido”, cuenta.

Sólo tuvo sexo con uno de ellos, Emilio, y ahora se frecuentan con una regularidad bastante formal. “No somos novios, pero no quiero salir con más chicos ahora, por eso desinstalé la aplicación. Además, la insistencia de otros pibes empezaba a aburrirme”, explica Laura, quien confiesa que utilizaba la app todos los días, como si fuera una adicción. 

Otras circunstancias son las que llevaron a Guillermina a Tinder. Hace un par de meses dejó su vida en Tucumán para instalarse en Buenos Aires, donde busca trabajar como actriz. “Estaba aburrida y sola. Era nueva en esta ciudad, sin conocer gente, la app me pareció una linda oportunidad”, dice sin reparos.

Como Laura, Guillermina borró Tinder al cabo de dos ajetreados meses. Durante ese tiempo salió con siete chicos, se acostó con tres y eso fue suficiente para ella. 

“Me secó la mente. Todos [los hombres] con la misma pregunta, el mismo discurso en el mismo orden: ‘Hola, ¿cómo estás? ¿De dónde sos? ¿Hace cuánto estás aquí? ¿De qué trabajás?’”, recuerda con fastidio. No piensa volver a utilizar la aplicación, a la que califica de pasarela: “Si Tinder tiene un sinónimo, es ‘casting’”

Annabelle no lo admite abiertamente, pero ella también utiliza Tinder como un catálogo. De acuerdo con la pantalla del móvil, esta mujer de enormes ojos y piernas bastante lindas estaba 11 kilómetros de Carlos, quien, visto esto, se lanzó a la caza con avidez. Annabelle respondía siempre en inglés, así que -pensó Carlos- debía ser una turista en busca de aventuras. No era así; al menos no exactamente así.

-¿Dónde te hospedas? -preguntó Carlos
-En ningún lugar, estoy en mi cama en Iowa [Estados Unidos]. Le hice un hack a Tinder para aparecer en Buenos Aires, porque voy a ir a finales de agosto -explicó ella. 

Carlos y Annabelle aún platican de vez en cuando, lo cual significa que, probablemente, él aprobó el casting y forma parte de los “pendientes” en Buenos Aires, a menos que, como en el caso de Carolina, haya algo que no esté aclarado. 

***

Carolina seguía escribiendo. Mientras tanto, Carlos construía complejas teorías sobre lo que estaban por decirle. Bastantes nervios para una aplicación que le parecía tan banal. Finalmente apareció la respuesta. 

-Tengo más años de los que figuran en mi perfil. Aunque no parezco, pero bueno -dijo ella al fin.
-No pasa nada -tecleó Carlos, respirando con alivio. Que ella no tuviera 33 era algo evidente.
-Si te molesta, OK, cancelamos.
-A mí no me molesta.
-Me iba a sentir mal si no te decía. Pero bueno, me sigo preparando y nos vemos adentro a las 23:15.

En el bar, al que se accedía diciendo una frase secreta, sonaban The Strokes. Carlos caminó entre la penumbra que conducía hasta la zona de la barra y la gente. No paraba de preguntarse: ¿Intentaría ella llevárselo a la cama? ¿De ser así, cómo se lo diría? ¿O estaría ella esperando que él lo propusiera?

No tardó en ubicar a Carolina, de pie junto a la escalera que conducía a un entrepiso. Se había arreglado para la cita, era evidente, pero lo que más resaltaba era que en verdad estaba muy por encima de los 33, al menos 12 años por sobre esa edad. “Esta es más grande que mi madre”, se dijo Carlos para sí mientras fingía una sonrisa con la cual saludar.

-¿Carlos? -preguntó con timidez.
-¡Hola! ¿Tenías mucho acá?
-No, recién entré. ¿Nos pedimos de tomar?

Carlos maldijo no la edad, sino lo traicionero de las fotografías, y durante algunos instantes añoró a la mujer de Tinder que, de cualquier forma, nunca le atrajo mucho. Los instantes que les tomó caminar hasta la barra fueron de una incomodidad profunda. Ella iba adelante sin decir palabra y Carlos le siguió en silencio, sintiéndose fuera de lugar. Pidieron dos whiskys dobles.

-¿Con cuántos hielos? -preguntó la bartender.
-Tres, por favor -dijo Carlos.

Entonces, como si fuera necesario marcar una diferencia más, Carolina dijo que ella sólo quería uno, para que el trago no se diluyera mucho. No había mesas vacías a la vista y quedarse de pie no parecía una opción. Encontraron un loveseat y se sentaron. Carlos esperó a que ella dijera algo, al cabo de unos segundos, supo que no lo haría, así que comenzó con las preguntas para evitar el peligroso silencio. 

Ella habló de su trabajo y cómo era dirigir un sector en el cual trabajaban muchos hombres. Enfatizó la importancia de que una mujer en condiciones de jefa tenga bastante carácter para hacerse respetar. La voz dubitativa, sin embargo, parecía mostrar otra cosa. 

La charla derivó a la vida nocturna en Buenos Aires, un tema fácil. Platicaron sobre las dificultades que Carlos se había encontrado al enfrentarse a una nueva ciudad y a un nuevo país. A partir de este tema la cita cambió de rumbo y Carolina pareció percibir, por las dudas y los temores expresados por Carlos, a quien el whisky había sincerado, que estaba frente a alguien que, por su edad, podría  ser su hijo. 

Algunas personas en el bar se fijaban mucho en la atípica pareja; mientras tanto, Carolina lanzaba un consejo tras otro y le decía a Carlos que debía mantener su carácter muy fuerte para sobrevivir y salir adelante en Buenos Aires. “Vos mejor que nadie sabés lo que has logrado y de lo que sos capaz, podés conseguir lo que te propongas. Tenés que mostrarte determinado”, insistía ella. Luego se quedaron en silencio y contemplaron sus vasos vacíos. Carlos, que normalmente habla mucho, se preguntaba si eso era Tinder: un montón de gente incapaz de relacionarse cara a cara y de viva voz. 

En una cita en un bar sólo hay una forma de acabar con silencios tan asquerosos como aquél. 

-¿Nos tomamos uno más? -preguntó Carlos
-Mmmm, no creo. Mañana tengo psicólogo temprano y casi no he dormido -explicó ella.
-Está bien. ¿Quieres que te acompañe al taxi?
-¡Claro, vamos! -dijo ahora sí con emoción. 

Hasta entonces Carlos había experimentado muchos silencios incómodos, pero el que los acompañó a él y a Carolina hasta la esquina fue de una nueva clase. La cita había durado poco menos de tres horas y consistió solamente de un vaso de whisky. Un taxi se detuvo y ella subió. 

-La pasé muy bien -dijo ella dándole un beso.
-¡Nos leemos por WhatsApp! -lanzó Carlos a manera de despedida.

Nunca volvieron a escribirse. Una cita así de peculiar e incómoda es una de las posibilidades cuando se utiliza Tinder, una herramienta que permite escapar de los círculos sociales de siempre, que nos proyecta a un mar de gente desconocida con quien podemos intentarlo todo. Y si algo hay en esa comunidad, como en el océano, es variedad: desde el soltero en busca de sexo sin compromiso hasta la chica que se siente sola y quiere conocer personas. Desde la mujer que raya en los 50 y no está dispuesta a admitirlo, hasta el reportero hijo de puta que sólo está a la caza de una historia.